miércoles, 17 de febrero de 2010

miércoles, 4 de marzo de 2009

Anda, quitate el vestido




Anda, quitate el vestido, hazlo para mi
Muestrate integra
Quiere conocerte, explorarte
Cada rincón, cada depresión, cada relieve

sábado, 22 de noviembre de 2008

Energético una mierda

Debido al gran amor que le tengo a la Argentina, poseo la expectativa de que cada lugar que visite me va a sorprender por su belleza natural y su riqueza cultural. Y así suele ser casi siempre. Sin embargo, hay dos lugares que se encuentran en la lista de las mayores decepciones de mi vida.


En primer lugar: el Cerro de los Siete Colores, en Jujuy. ¿Qué onda? ¡Nunca fueron siete colores! Uno se imagina que va a ver un arco iris impreso en una montaña. Antes de comenzar el ascenso, venden botellitas con arena de siete tonos distintos (realmente distintos, muy distintos), como un recuerdo la visita. Todo indica que uno se dirige a presenciar uno de los fenómenos más espectaculares que la naturaleza haya concebido. Pero al llegar al punto de observación, lo único que se ve es un cerro que apenas tiene algunas tonalidades distintas, dependiendo de la altura. Al preguntar que pasa, uno recibe justificaciones como “es la luz” o “tanto turismo lo desgasto…” ¡Ridículo!


El otro sitio que realmente fue una gran desilusión es el Bosque Energético de Miramar, en la Provincia de Buenos Aires. En este caso, no dudo acerca de las cualidades que se le atribuyen. Lo que me resultó desagradable fue la actitud de la gente. Todos corriendo, gritando, comiendo, tirando basura. Creen que lo energético del bosque reside en el hecho de que al colocar una rama en perpendicular a otra, la segunda queda balanceada sobre la primera. Les tengo noticias: ¡eso pasa en todos lados! La gente se emociona por el simple hecho de que jamás probó apilar ramas en ningún otro lado, porque es una estupidez.


De todos modos, no es el hecho de que la gente juegue con las ramas lo que me molestó, sino la falta de respeto que imperaba. Hay poca gente (entre ellas, yo), que quiere disfrutar de la energía del bosque, tranquilizarse, descansar, pensar, meditar…Pero esto es imposible debido al ruido, el movimiento y la conducta totalmente desagradable de las personas.


Por lo tanto, si puedo opinar al respecto. No les recomiendo estos dos lugares. Mejor quedarse con la imagen mental que uno crea y no llevarse tal decepción. Hay muchos otros lugares espectaculares para visitar en Argentina, de los cuales seguramente hable en otra ocasión.

Una celda de jade y diamantes

En Bangkok, la capital de Tailandia, todo es complicado. Si bien no hay una sola persona que no hable ingles, la comunicación es difícil. Pero no existe nada más dificultoso que transportarse. El único medio realmente eficiente es el subterráneo, sin embargo, la red esta bastante poco extendida. Las lanchas colectivas, no están tan mal, mas no en todos lados hay ríos o canales para viajar en una. Tomar un colectivo, puede resultar en una experiencia peor que un viaje al infierno. Como se imaginaran, las opciones quedan reducidas al taxi.

Como no podría ser de otra forma en ese país, el taxímetro es solo un adorno, ya que el precio de los viajes se negocia y regatea de antemano. Como estaba avisado al respecto, mi primer día allí, tome un taxi. Al indicarle mi destino, la oferta que me hizo el conductor era extremadamente alta. Por supuesto, exprese mi indignación ante tal despropósito, a lo que el ofreció un precio ocho, si, ocho, veces menor, con la condición de hacer una parada para combustible.

Yo acepte, asumiendo que quería decir una parada para cargar nafta. Luego de 10 minutos de viaje por el endemoniado centro de la ciudad, llegamos a un estacionamiento lleno de taxis, y el conductor entonces me dijo que debía bajar en un local y mirar durante 20 minutos las hermosas joyas que vendían. Completamente desconcertado, le pregunte por que, si yo no quería. El me respondio que era parte del trato, y me explico que por cada cliente que llevaba, le ponian un sticker en una tarjeta que tenia. Al juntar 8 etiquetas, le regalaban una carga de gasolina para su auto. ¡Eso era lo que quería decir con “una parada para combustible!”

No tuve más remedio que entrar. Era una fábrica de joyas. Miles de mujeres trabajando en pequeños puestos, puliendo rocas y encastrándolas en dijes o cadenas. Cuando quise salir, me dijeron que no había pasado el tiempo suficiente. Era rehén en un gran negocio para turistas, cuyos precios eran ridículamente altos. Debo admitir que me atraparon, si bien me ahorre una buena cantidad de dinero, perdí mucho tiempo de conocer aquel espectacular país, a causa de mi inocencia, o falta de recaudo.

Ahora están todos advertidos, aquel que, como yo, caiga en esa trampa, será ahora por ingenuidad, no por falta de aviso.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El verdadero "capital humano"

Hace poco menos de dos años estuve en Tailandia. Un país espectacular con una herencia cultural milenaria poco común. Toda esta riqueza histórica se conjuga con una belleza natural increíble, dotando al país de todo lo necesario para ser un paraíso turístico. Y, como no podría ser de otra forma, lo es.


Todo en Tailandia gira en torno al turismo. No hay una sola persona, sin importar a que clase social pertenezca o cual sea su edad, que no sepa hablar ingles. Absolutamente todos saben lo básico como para regatear un precio, invitarlo a uno a pasar a un determinado lugar o pronunciar una frase que parece ser un leit motiv en aquel lugar, aquello que aparenta ser lo único que le importa a todo el mundo allí: “Cheap cheap.”


En un sitio donde todo se vende, las personas no constituyen una excepción. Lo curioso es que no solo lo hacen en formas habituales, ofreciendo sus servicios como guías turísticos o favores sexuales.


Un tour ofrece una visita a un pequeño poblado de habitantes autóctonos a menos de una hora de la ciudad de Mae Hong Son. La excursión esta dedicada a conocer a la tribu de las “Mujeres de los cuellos largos;” si, aquellas tan comunes en el imaginario popular como pertenecientes a algún recóndito lugar de África, en realidad se encuentran en Tailandia. Estas mujeres, a partir de los siete años, comienzan a colocarse aros metálicos en el cuello y agregan más a medida que pasa el tiempo, con el objetivo de alargar sus cuellos lo más posible.


Al llegar a la villa, me encuentro con varios micros turísticos y una larga hilera de puestos que venden de todo: tambores, pashminas, flautas, platos, adornos… La precariedad de las casas y los quioscos no me sorprende, pero si el hecho de que esto fuera lo que habíamos ido a ver, casas que parecian mas "preconstruidas" que hechas a mano.


Las tan famosas mujeres, supuestamente viviendo en su entorno natural, alejadas del mundo capitalista, se encontraban atendiendo los negocios, y ofreciendo sacarse fotos, como si no les molestara ser concebidas por los turistas como animales de zoológico mas que como personas.


Nuestro guía turístico nos ofreció sacarnos una foto con unas viejas de la tribu por unos pocos “Bahts” (la moneda local). Cuando le pregunte si no les molestaba a las damas, el respondió: “No, así ganan plata para sobrevivir, ya no cultivan ni crían animales, las atrapo el mundo del dinero.”


Otro resultado trágico del mundo moderno, que tiende a homogenizar a la gente y quitarle aquello que tiene de peculiar, único y especial, a cambio de algunos dólares.

martes, 18 de noviembre de 2008

Conversaciones de cena

Hoy durante la cena, mi papa se puso a hablar de Menem, que sera de el? Me puse a pensar en los negocios escabrosos que hizo. De repente, otro comentario de mi padre me saco de ese pensamiento, quizás por el asombro de la falta de limites del capitalismo.

El vivió muchos años en Nueva
York con mi mama. De repente dice "Viste el templo de la Segunda Avenida? Lo tiraron abajo para hacer una torre"

Uno esta acostumbrado a escuchar cosas así, sin embargo esto me sorprendió. Tirar abajo un templo para hacer una torre? A nadie le da pudor? No es como tirar abajo un hospital para hacer un
Shopping o un colegio para hacer un restaurant de comidas rápidas?

Me detuve a pensar en Nueva
York; yo viví también un tiempo ahí. No creo que fuera mucha a la gente a la que le molestara el asunto de la sinagoga, mas allá de los fieles de aquella congregacion. La verdad, no me gusta esa ciudad. Si bien como ciudad a nivel estructural, es barbara, abunda en cultura, y todas esas cosas, la gente (creo yo) es de lo peor. Son fríos, ariscos, egocéntricos.

Recuerdo en mi ultimo viaje que me subí a un
remisse y charlando con el conductor, surgió el tema de que en Argentina desayunabamos tostadas, o cereales, o yoghurth, o cosas de ese tipo. El hombre enajenado comenzó a gritar "Que son? IDIOTAS? Nada de huevos!? Desayuno sin huevos?! Idiotas!"

No se si tiene demasiado sentido la anécdota pero creo que es una ilustración perfecta de la gente de esa ciudad.


Por supuesto, no todos son así, ese es el estereotipo del habitante del centro de
Manhattan, o Brooklyn o Queens. Tambien hay gente excelente, como en todos lados.

En ese mismo viaje, escuche a un hombre decir "Yo despedí a mi mucama, ella me pregunto por que, yo le respondí 'no tengo que tener una razón para despedirte, esto no es Cuba, yo hago lo que quiero', A vos te parece que me pida una razón para despedirla? Era ineficiente y punto"

No se por que, son pequeños recuerdos que me quedan de la gente de una ciudad que a veces es mejor no recordar.

Seguro
habrá quienes no concuerden. Abundan las personas que aman a Nueva York. "Es un paraíso de compras", "me encanta que sea tan cosmopolita." No lo discuto, simplemente, no lo comparto.

Odio los microrrelatos

Cerró la puerta tras de sí. Intentó avanzar pero algo lo detenía. Miro hacia atrás y vio sus enormes alas habían quedado atrapadas entre la puerta y el marco. Ahora no sólo no podía volar, sino que tampoco podía caminar.